El problema de compararte con los demás (y cómo empezar a compararte contigo mismo)

Las redes sociales nos muestran el resultado de los demás, pero casi nunca el proceso. Aprender a dejar de compararte con otros y empezar a medir tu propio progreso puede cambiar por completo tu forma de entrenar y de vivir.

Nunca ha sido tan fácil compararse

Abres Instagram durante cinco minutos. Ves a alguien levantando más peso que tú. Otra persona acaba de correr una maratón. Alguien publica el físico que ha conseguido después de meses de definición y otro presume de haber aprendido un muscle up en tiempo récord.

Cierras la aplicación con la sensación de que todo el mundo avanza… menos tú. Es una sensación mucho más común de lo que parece.

Las redes sociales nos han permitido aprender, descubrir nuevas formas de entrenar e incluso encontrar inspiración. Pero también han traído un problema del que apenas hablamos: vivimos comparando nuestro proceso con el resultado de otras personas. Y esa comparación casi nunca es justa.

Comparas tu día a día con el mejor momento de otra persona

Hay algo que olvidamos constantemente cuando navegamos por redes sociales. No estamos viendo la vida completa de nadie, estamos viendo una selección.

Las personas publican la dominada que por fin les ha salido, pero no las cien veces que fallaron antes. Enseñan el cambio físico conseguido después de un año, pero no las semanas de desmotivación, las lesiones o los entrenamientos que no salieron como esperaban.

Lo que ves es el resultado. Lo que no ves es todo el proceso. Y cuando comparas tu rutina diaria con el mejor momento de otra persona, siempre sales perdiendo.

El progreso tiene ritmos diferentes

Uno de los mayores errores al empezar a entrenar es pensar que todos deberíamos avanzar al mismo ritmo. Pero eso nunca ocurre. Cada persona parte de un lugar distinto.

Hay quien ha practicado deporte desde pequeño y quien empieza con cuarenta años. Hay personas que pueden entrenar cinco días a la semana y otras que apenas encuentran dos huecos entre el trabajo y la familia. Algunos descansan ocho horas cada noche y otros trabajan a turnos.

¿Cómo podrían obtener los mismos resultados? No tendría sentido. Compararte con alguien que vive una realidad completamente diferente a la tuya solo genera frustración.

La única comparación que realmente importa

Existe una comparación que sí tiene sentido: Compararte contigo mismo.

  • ¿Cómo estabas hace seis meses?
  • ¿Levantas más peso que antes?
  • ¿Te cansas menos al subir unas escaleras?
  • ¿Has aprendido un ejercicio nuevo?
  • ¿Tienes menos dolor de espalda?

Esas preguntas son mucho más útiles que mirar lo que hace otra persona. Porque el único objetivo real del entrenamiento es ser mejor que tu versión de ayer, no parecerte a alguien de Internet. Plantéate si ese objetivo es realmente tuyo o te gusta la sensación de lo que provocarás cuando lo consigas.

Cuidado con los objetivos que no son tuyos

Las redes también tienen otra consecuencia. Muchas veces acabamos persiguiendo objetivos que ni siquiera hemos elegido.

  • Alguien quiere correr una maratón porque todo su entorno habla de correr. 
  • Otro quiere aprender el handstand simplemente porque está de moda.
  • Hay personas que buscan un físico determinado sin preguntarse si realmente es el cuerpo con el que se sentirían mejor.

Antes de empezar cualquier entrenamiento merece la pena hacerse una pregunta muy sencilla. ¿Este objetivo es realmente mío o lo he adoptado porque lo veo constantemente en redes sociales? La respuesta cambia muchas cosas.

Establece objetivos que puedas controlar

Uno de los errores más habituales es fijarse metas que no dependen completamente de nosotros.

  • «Quiero perder diez kilos.»
  • «Quiero hacer un muscle up antes del verano.»
  • «Quiero correr un maratón.»

Son objetivos válidos, pero todos dependen de muchos factores. En cambio, existen otros objetivos sobre los que tienes un control casi absoluto.

  • Entrenar tres días por semana.
  • Dormir siete u ocho horas.
  • Caminar 8.000 pasos al día.
  • Aprender la técnica correcta de una sentadilla.

Cuando te centras en estos pequeños compromisos diarios, los resultados terminan llegando como consecuencia.

Tu progreso no siempre se ve en el espejo

Hay días en los que no levantas más peso. Otros en los que la báscula no cambia. Y eso puede hacerte pensar que no estás avanzando.

Pero el progreso también es recuperar antes de un entrenamiento, tener más energía durante el día, necesitar menos tiempo para subir una cuesta o sentirte más seguro haciendo un ejercicio que hace unos meses te parecía imposible. No todo el progreso se mide en kilos o en centímetros. A veces se mide en cosas mucho más importantes.

Entrena para construir, no para demostrar

Cuando entrenas para impresionar a los demás, cualquier comparación duele. Cuando entrenas para construir una mejor versión de ti mismo, la perspectiva cambia por completo.

Dejas de competir contra personas que llevan años entrenando. Dejas de perseguir objetivos que no te representan. Y empiezas a disfrutar mucho más del proceso. Porque entiendes que cada entrenamiento suma, aunque no sea perfecto.

Conclusión

Siempre habrá alguien más fuerte, más rápido o con un físico diferente al tuyo. Y también habrá alguien que esté empezando donde tú empezaste hace unos meses. Por eso la comparación con los demás nunca termina. La única referencia que merece la pena mantener es la persona que eras hace un tiempo.

Si hoy te mueves mejor, eres más fuerte, tienes más energía o has conseguido ser un poco más constante que hace unos meses, entonces vas por el buen camino. Porque el entrenamiento no consiste en parecerte a nadie, consiste en convertirte, poco a poco, en la mejor versión de ti mismo.

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