Duermes 8 horas… ¿pero descansas de verdad?

El sueño no depende solo de la cantidad de horas. La calidad, la regularidad y los hábitos antes de dormir tienen un impacto enorme en tu salud, tu rendimiento y tu recuperación.

Son las once y media de la noche.

Sabes que mañana tienes que madrugar, pero decides ver un capítulo más. Después miras Instagram. Contestar un par de WhatsApps tampoco llevará mucho tiempo. Cuando apagas la luz ya ha pasado más de una hora.

Al día siguiente has dormido (con mucha suerte) siete horas y media. Sobre el papel no está mal. Sin embargo, te levantas cansado, sin energía y con la sensación de no haber descansado.

¿Qué ha pasado?

La respuesta es sencilla. Dormir no consiste únicamente en acumular horas, dormir bien es mucho más complejo que eso.

Dormir no es apagar el cuerpo

Mientras duermes, tu organismo está trabajando. Aunque desde fuera parezca que todo está en reposo, durante la noche se ponen en marcha algunos de los procesos más importantes para tu salud y tu rendimiento. El cerebro elimina productos de desecho acumulados durante el día, el sistema hormonal se regula, los tejidos dañados comienzan a repararse y se consolida gran parte del aprendizaje y de la memoria.

Por eso solemos decir que el entrenamiento no termina cuando sales del gimnasio. En realidad, una parte muy importante del progreso ocurre mientras descansas. Es durante el sueño cuando el cuerpo aprovecha el estímulo del entrenamiento para recuperarse, adaptarse y prepararse para el siguiente esfuerzo. Si esa recuperación no se produce correctamente, todo el trabajo realizado durante el día pierde eficacia.

Puedes entrenar perfectamente, seguir una alimentación equilibrada e incluso planificar al detalle tus sesiones, pero si duermes mal de forma habitual, tarde o temprano lo notarás. Te costará más recuperarte, rendirás peor en los entrenamientos, tendrás menos energía durante el día y aumentarás el riesgo de lesión. Por eso el sueño no debería verse como un tiempo perdido, sino como una parte imprescindible del entrenamiento y de cualquier estrategia para mejorar la salud y el rendimiento.

No solo importa cuánto duermes

Uno de los errores más comunes cuando hablamos de descanso es pensar que todo se reduce al número de horas que pasamos en la cama. Durante años hemos escuchado que lo importante es dormir ocho horas, pero la realidad es bastante más compleja. Puedes dormir ocho horas cada noche y seguir levantándote cansado si tu sueño no es de calidad o si cada día te acuestas a una hora diferente, incluso cuando nos levantamos en mitad del ciclo natural del sueño.

Nuestro organismo funciona siguiendo un reloj biológico interno, conocido como ritmo circadiano, que regula procesos tan importantes como la liberación de melatonina, la temperatura corporal, los niveles de alerta o el momento en el que el cuerpo está preparado para descansar. Cuando respetamos unos horarios relativamente estables, ese reloj trabaja a nuestro favor y el descanso suele ser más profundo y reparador. Sin embargo, cuando un día nos acostamos a las diez, otro a la una de la madrugada y el fin de semana a las tres, el organismo pierde esa sincronización y descansar bien resulta mucho más complicado.

Por eso, mantener una rutina de sueño suele ser casi tan importante como el número de horas que dormimos. Acostarte y levantarte a una hora parecida cada día ayuda a que tu cuerpo anticipe el momento de dormir y optimice todos los procesos que ocurren durante la noche. Importa tanto la cantidad como la hora de dormirse-despertar.

El sueño empieza mucho antes de meterte en la cama

Otro error muy frecuente es pensar que dormir empieza justo cuando apagamos la luz. En realidad, el descanso comienza mucho antes. La última hora del día tiene una influencia enorme sobre la calidad del sueño, ya que es el momento en el que el cerebro empieza a prepararse para pasar del estado de alerta al de descanso.

Si dedicas ese tiempo a responder correos, trabajar con el ordenador o pasar de un vídeo a otro en el móvil, estás enviando a tu cerebro el mensaje contrario al que necesita para relajarse. La luz de las pantallas, el exceso de información y la estimulación constante hacen que sea más difícil conciliar el sueño y, en muchos casos, también empeoran su calidad.

Crear una rutina nocturna no significa hacer nada complicado. Basta con repetir cada noche pequeños hábitos que indiquen al cuerpo que el día está terminando. Leer unas páginas de un libro, reducir la intensidad de las luces de casa, evitar las pantallas durante al menos 45’-60’ antes de dormir, escuchar música tranquila o dedicar unos minutos a realizar respiraciones profundas pueden marcar una diferencia mucho mayor de la que imaginamos.

Dormir bien rara vez depende de un único truco. Lo habitual es que sea el resultado de muchos pequeños hábitos que repetimos de forma constante.

Los hábitos que están boicoteando tu descanso

En consulta o en el centro de entrenamiento es habitual escuchar a personas que dicen dormir mal desde hace meses. Sin embargo, cuando analizamos su rutina, muchas veces descubrimos que mantienen hábitos que dificultan el descanso sin ser plenamente conscientes de ello.

Cenar muy tarde o de forma abundante, consumir café o bebidas energéticas durante la tarde, utilizar el móvil hasta el momento de apagar la luz, trabajar desde la cama, acostarse cada día a una hora distinta o intentar recuperar el sueño perdido durmiendo muchas más horas durante el fin de semana son algunos de los errores más habituales.

También ocurre con el alcohol. Aunque muchas personas tienen la sensación de que les ayuda a quedarse dormidas, la realidad es que altera la estructura normal del sueño y hace que el descanso sea menos reparador. Es decir, puedes dormir muchas horas y, aun así, levantarte con la sensación de no haber descansado.

Y ahí está la diferencia más importante: dormir y descansar no siempre significan lo mismo.

¿Qué ocurre cuando no dormimos bien?

Los efectos de una mala noche de sueño aparecen mucho antes de lo que solemos pensar. Al día siguiente es habitual sentirse más cansado, tener menos capacidad de concentración, reaccionar con más irritabilidad o notar un aumento del apetito, especialmente hacia alimentos ricos en azúcar o grasas (y no de las buenas).

Cuando esa falta de descanso se prolonga durante semanas o meses, las consecuencias van mucho más allá. Disminuye el rendimiento físico, cuesta más recuperarse de los entrenamientos, aumenta la sensación de fatiga y también se incrementa el riesgo de lesión. No porque el músculo sea más débil de un día para otro, sino porque reaccionamos más despacio, perdemos coordinación y tomamos peores decisiones durante el movimiento.

Por eso, en el entrenamiento hablamos tanto del descanso. No porque dormir sustituya al ejercicio, sino porque ambos forman parte del mismo proceso. Entrenar estimula al cuerpo; dormir permite que ese estímulo se convierta en una adaptación. Si el cuerpo invierte de media ⅓ del día a recuperarse.. algo nos está queriendo decir.

¿Y si aun así te cuesta dormir?

Aunque una buena rutina de sueño resuelve muchos problemas, también es cierto que hay momentos en los que resulta más difícil descansar. El estrés, los cambios de horario, los viajes o determinadas épocas de trabajo pueden hacer que conciliar el sueño sea más complicado incluso manteniendo buenos hábitos.

En esos casos, algunos suplementos pueden ser una ayuda interesante, siempre entendiéndolos como un complemento y nunca como la solución principal. Ningún suplemento va a compensar acostarse cada noche a una hora distinta, utilizar el móvil hasta el último minuto o dormir cinco horas de forma habitual.

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